
Sobre el libro: Soy Odiseo
Ensayo narrativo sobre Ulises, identidad, regreso, memoria y el mundo histórico que rodea a la Odisea.
El mundo que ya se estaba apagando
Y aquí el suelo se mueve bajo los pies del lector, con un vértigo que el poema no podía conocer y nosotros sí. Todos estos reyes —Agamenón, Néstor, Menelao, Ulises— pertenecen a la última generación de un mundo que estaba a punto de arder. No lo sabían. Nadie que vive el final de una época lo sabe mientras la vive. Pero la arqueología, que no canta y solo mide, ha fechado lo que vino después, y es de una brutalidad limpia.
El mundo antes de que se apague
Telémaco no puede saberlo, pero acaba de recorrer los últimos palacios encendidos de un mundo que está a punto de quedarse a oscuras. Pilos, Esparta: las cortes de oro que lo deslumbran son la luz de una tarde que ya declina. Lo que fue de esos palacios, y por qué el esplendor que el muchacho admira estaba condenado, se verá enseguida. Y mientras él mira en casa ajena la grandeza que no le tocó vivir, en Ítaca los pretendientes descubren que se ha marchado. Y deciden matarlo. Arman un barco y se apostan en un estrecho por el que tendrá que pasar a la vuelta, para hundirlo antes de que llegue a puerto. El primer viaje del hijo puede terminar siendo el último. En su propia casa hay ya hombres esperando para que no vuelva.
El esplendor antes de la caída
Hacia el año 1300 antes de Cristo, el Mediterráneo oriental era un sistema. Una red tensa y brillante, cosida por el mar, que iba de Egipto a Grecia y de Anatolia a la costa siria. Por esas rutas viajaba el cobre de Chipre y el estaño de más allá, que fundidos daban el bronce. Viajaban el lapislázuli de Afganistán, el marfil, el oro, el ámbar del Báltico, que aflora en las tumbas de Micenas a miles de kilómetros de donde se recogió. Los palacios micénicos —Micenas, Pilos, Tirinto— eran el eslabón griego de esa cadena. Reyes que se llamaban *wanax*, señores de un aparato de escribas que anotaba en tablillas de arcilla, en la escritura que llamamos Lineal B, cada oveja y cada ración del reino.
Los cuatro siglos sin letras
Las tablillas conservadas en Lineal B contienen cuentas de palacio: ánforas, remeros, lana, tierras, ofrendas y raciones. La escritura se empleaba en los centros de poder y dependía de sus escribas. Las tablillas que se conservan lo hicieron por accidente, cocidas en el incendio que las destruía, y lo que anotan son los últimos días de cada palacio. Hay en esa supervivencia una ironía forense que no me canso de mirar: el fuego que mató el archivo lo fosilizó. La arcilla cruda se deshace con la primera lluvia; cocida, dura milenios. Si los palacios no hubieran ardido, no tendríamos una sola línea de aquel mundo. Su destrucción es nuestra fuente. Y hay una segunda ironía, más cercana. Cuando esas tablillas salieron de la tierra, nadie supo leerlas durante medio siglo. El desciframiento llegó en 1952, y no fue la hazaña de un solo…
Comprar el libro en Amazon
Comprar el libro en AmazonPregunte al libro
Pregunta a Soy Odiseo
Asistente documental sobre Homero, Ulises, Ítaca, identidad y reconocimiento.
Las respuestas proceden de un corpus documental seleccionado y no reproducen la obra completa.





